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En el mundo real, sin embargo, incluso esta triste idea sería altamente improbable de llevar a cabo. Los grupos étnicos difieren en talentos y habilidades; difieren en números, fertilidad y en cuanto a cómo alientan a los padres a prácticas conducentes a adquisición de recursos; también difieren en los recursos mantenidos en un momento dado, así como en el poder político. La igualdad, o la igualdad proporcional, sería extremadamente difícil de obtener o mantener después de que se hubiera logrado sin extraordinarios niveles de supervisión, y sin extremadamente intensos controles sociales para cumplir las cuotas étnicas en la acumulación de riqueza, admisión a las universidades, acceso a empleos de alto estatus, etcétera.

Debido a que los grupos étnicos tienen diferentes talentos y habilidades y diversas formas de puericultura, los variables criterios para obtener y mantener un empleo requerirían de que éste dependiera de la membresía a un grupo en particular. Lo que es más, obtener paridad entre judíos y otros grupos étnicos entrañaría altos niveles de discriminación en contra de judíos individuales, sea en universidades o en acceso a empleos, e incluso conllevaría a cobrar altos impuestos a los judíos para contrarrestar sus riquezas, en tanto que los judíos se encuentran ampliamente sobrerrepresentados entre los ricos y los exitosos en Estados Unidos.

Ese sería el caso si los judíos fueran distinguidos como un grupo étnico separado de los gentiles americanos. Por cierto, la evolución final de muchos intelectuales neoyorquinos desde su etapa estalinista ha sido metamorfosearse en neoconservadores: quienes han sido elocuentes oponentes a la acción afirmativa y a los mecanismos de cuotas para la distribución de recursos. (Sachar [1992, 818ss] menciona que Daniel Bell, Sidney Hook,Irving Howe, Irving Kristol, Nathan Glazer, Charles Krauthammer, Norman Podhoretz y Earl Raab se opusieron a la acción afirmativa.) Las organizaciones judías incluyendo a la ADL, el Comité AJC y el Congreso AJC [por sus siglas en inglés] han llegado a posiciones similares (Sachar 1992, 818ss).

En el mundo real, por lo tanto, esfuerzos extraordinarios tendrían que tomarse para lograr ese estado de equilibrio étnico estable entre poderes y recursos. Es interesante que la ideología de la coexistencia judeo-gentil haya incluido a veces la idea de que los diversos grupos étnicos desarrollen un similar perfil ocupacional y que, implícitamente, controlen recursos en proporción a sus números. En la Francia medieval, por ejemplo, los decretos de Luis IX de 1254 prohibieron a los judíos involucrarse en préstamos e intereses y se les alentó a vivir de labor manual o comercio (véase Richard 1992, 162). El sueño asimilacionista alemán del siglo XIX era que el perfil ocupacional de los judíos después de la emancipación reflejaría el de los gentiles: una “expectativa utópica compartida tanto por muchos judíos como no judíos” (Katz 1986, 67). Se hicieron esfuerzos para que disminuyera el porcentaje de judíos involucrados en el comercio y se incrementase en la agricultura y artesanía. Sin embargo, el resultado de la emancipación fue que los judíos quedaron ampliamente sobrerrepresentados entre la elite económica y cultural, y esa sobrerrepresentación fue una característica crítica en el antisemitismo de 1870 a 1933 (véase SAID, cap. 5).

Similarmente, en los años veinte, cuando los Estados Unidos intentaban enfrentarse a la competencia judía en las prestigiosas universidades privadas, se propusieron planes en que cada grupo étnico recibiera un porcentaje de asignaciones y registros en Harvard que reflejaran el porcentaje de los grupos raciales y nacionales del país (Sachar 1992, 329). Políticas similares—generalmente denunciadas por las organizaciones judías—se desarrollaron en el mismo período a lo largo de Europa Central (Hagen 1996). Tales políticas ciertamente reflejan la importancia de la etnicidad en los asuntos humanos, aunque  los niveles de tensión social tendieran a ser crónicamente altos.

Lo que es más, existen grandes posibilidades de guerras raciales incluso cuando la paridad se ha logrado a través de intensos controles sociales. Como se señaló arriba, siempre está en los intereses de un grupo étnico obtener hegemonía sobre otros. Si uno adopta el modelo del pluralismo cultural con todo y su libre competencia por los recursos y éxito reproductivo, las diferencias entre estos grupos es inevitable, y desde la perspectiva evolucionista existe una fuerte predilección a que tales diferencias resulten en animosidad entre los grupos perdedores.

Después de la emancipación judía se dio una poderosa tendencia hacia la movilidad ascendente de los judíos en Occidente, incluyendo una gran sobrerrepresentación en las profesiones así como en los negocios, la política y la cultura.

Concomitantemente hubo brotes de antisemitismo que se originaron entre los grupos que se sintieron dejados atrás en la competencia por los recursos, o que sintieron que la cultura así creada no satisfacía sus intereses. Si la historia del judaísmo nos dice algo, es que la autoimpuesta separación étnica tiende a la competencia de recursos en base a la membresía del grupo, y a los consecuentes odios, expulsiones y persecuciones. Suponiendo que las diferencias étnicas en talentos y habilidades existan, la suposición de que el separatismo étnico podría volverse estable sin animosidad requiere de un equilibrio del poder mantenido con intensos controles sociales, tal como se describe arriba, a menos que a algunos grupos no les importe que están perdiendo la competencia.

Considero esta última posibilidad como improbable a largo plazo. Que a un grupo étnico no le importara su propio eclipse y dominio es algo que ciertamente un evolucionista no espera, así como tampoco lo espera quien aboga por la justicia social, sea cual sea su ideología.

Sin embargo, este es, de hecho, la moralidad implícita en la crítica de varios historiadores sobre la conducta de los españoles hacia los judíos y los marranos en tiempos de la Inquisición y la expulsión de ambos; por ejemplo, en los escritos de Benzion Netanyahu (1995), quien a veces parece abiertamente despreciativo de la inhabilidad española de competir con los nuevos cristianos sin recurrir a violencias inquisitoriales. Desde esta perspectiva, los españoles debieron haber aceptado tanto su inferioridad como ser dominados económica, social y políticamente por otro grupo étnico. Es difícil que semejante “moralidad” apele al grupo que está perdiendo la competencia, cosa que no nos sorprende desde una perspectiva evolucionista. Goldwin Smith (1894/1972, 261) dijo algo similar hace un siglo:

Una comunidad tiene derecho a defender su territorio y su integridad nacional en contra del invasor, sea su arma la espada o la ejecución. En los territorios de las repúblicas italianas, los judíos, hasta donde podemos ver, compraron las tierras y se dedicaron a granjear como quisieron. Pero antes se habían dedicado del todo al comercio. Durante la caída del imperio eran los mayores traficantes de esclavos, comprando cautivos a los invasores bárbaros y probablemente actuando, al mismo tiempo, como lo hacen los corredores de bolsa con los despojos. Entraron a Inglaterra en el tren del conquistador normando. Indudablemente, hubo una lucha perpetua entre sus oficios y la fuerza bruta de las poblaciones feudales. Pero ¿qué moral prerrogativa tienen los oficios sobre la fuerza?

Arnold White les dice a los rusos que, si dejaran que la inteligencia judía tuviera rienda suelta, pronto cubrirían todos los altos puestos de poder en exclusión a los nativos, que ahora los tienen. Los filósofos les piden a los rusos que se acaten y que incluso se regocijen de tal situación: filósofos a quienes probablemente no les entusiasmaría la copa si se la encomendaran a sus labios.

La ley de la evolución, se dice, prescribe la sobrevivencia del más fuerte, a lo que el rústico ruso puede responder que si su fuerza le gana a la inteligencia del judío, entonces el mejor adaptado sobrevivirá y la ley quedará cumplida. Fue la fuerza más que la inteligencia lo que, en el campo Zama, decidió que fuera el latino, no el semita, quien gobernara el mundo antiguo y moldeara el mundo moderno.

Irónicamente, muchos intelectuales que rechazaron en su totalidad el pensamiento evolucionista, así como cualquier imputación de que el interés genético pudiera ser importante en los asuntos humanos, también favorecieron políticas que son, a fin de cuentas, etnocéntricas. Condenaron los intereses etnocéntricos de otros grupos: especialmente los que indicaban que la gente derivada de Europa en los Estados Unidos desarrollaba una estrategia grupal cohesiva, así como altos niveles de etnocentrismo como reacción a los intereses de otros grupos. La ideología del separatismo étnico del grupo minoritario y la legitimación implícita de la competencia de grupos por los recursos, así como la idea más moderna de que la membresía al grupo étnico debe ser un criterio de adquisición de recursos, debe verse como lo que es: anteproyectos de estrategias evolutivas de grupo. La historia de los judíos ha de verse, pues, como un comentario más bien trágico del resultado de tales estrategias de grupo.

La importancia de la competencia en base a grupos no puede exagerarse. Creo que es altamente improbable que las sociedades occidentales basadas en el individualismo y en la democracia puedan sobrevivir mucho al sistema que legitimiza la competencia entre grupos impermeables donde la membresía grupal se determina por la etnia. La discusión en SAID (capítulos 3-5) sugiere fuertemente que, en última instancia, las estrategias de grupo son confrontadas por estrategias de otro grupo, y que las sociedades se organizan alrededor de grupos cohesivos y mutuamente excluyentes. Lo que es más, el reciente movimiento multicultural puede verse como una tendencia a un sistema cuya forma es profundamente no occidental: una organización que ha sido mucho más típica de las sociedades segmentarias del Medio Oriente, centradas alrededor de homogéneos grupos separados. Sin embargo, a diferencia del ideal multicultural, en estas sociedades existen pronunciadas relaciones de dominio y subordinación.

Mientras que la democracia aparece ser bastante extraña a tales sociedades segmentarias, las sociedades occidentales, tan distintas entre las sociedades estratificadas del mundo, han desarrollado instituciones políticas republicanas e individualismo democrático. Lo que es más, ejemplos mayúsculos de colectivismo occidental como el Nacional Socialismo alemán y el catolicismo ibérico durante el período de la Inquisición, han sido caracterizados por el antisemitismo intenso.

Existe pues la posibilidad significativa de que es improbable que las sociedades individualistas sobrevivan la competencia intragrupal, la cual ha llegado a ser cada vez más común e intelectualmente respetable en los Estados Unidos. Creo que en este país nos conducimos a una vereda volátil: una vereda que conduce a la guerra étnica y al desarrollo de enclaves colectivistas, autoritarios y racialistas. Aunque las creencias y la conducta etnocéntrica se ven como moral e intelectualmente legítimas sólo en las minorías étnicas de Estados Unidos, la teoría presentada en SAID indica que el desarrollo de un mayor etnocentrismo entre la gente derivada de Europa puede ser el resultado de las tendencias presentes.

Una manera de analizar a la Escuela de Frankfurt y al sicoanálisis es que han intentado con cierto éxito erigir, en la terminología de Paul Gottfried (1998) y Christopher Lasch (1991), un “estado terapéutico” que patologiza al etnocentrismo de la gente derivada de Europa, así como sus intentos de retener dominio cultural y demográfico. Sin embargo, el etnocentrismo de parte de quienes derivan de Europa, que son mayoría en los Estados Unidos, es un producto entendible del escenario social y político cada vez más estructurado en cuanto a grupo. Esto se debe precisamente a que los mecanismos psicológicos desarrollados en los humanos parecen funcionar al hacer que la membresía a grupos internos y externos sea más saliente en situaciones de la competencia de recursos (véase SAID, cap. 1).

El esfuerzo por superar estas inclinaciones, por lo tanto, requiere la aplicación, en las sociedades occidentales, de una masiva intervención “terapéutica” en la que las manifestaciones de etnocentrismo mayoritario se combatan en varios niveles, pero sobre todo mediante la promoción de la ideología de que esas manifestaciones son una indicación de sicopatología y un motivo de ostracismo, vergüenza e intervención siquiátrica y terapéutica. Uno puede esperar que como los conflictos étnicos seguirán aumentando en los Estados Unidos, se harán cada vez intentos más desesperados para apoyar a la ideología multiculturalista con sofisticadas teorías sobre la sicopatología del grupo etnocéntrico mayoritario, así como recurriendo a controles policíacos sobre el pensamiento y conductas disidentes.