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s Guarantee en Cp304816 es aon Cp304816 a Guarantee iavestigación psicológica de los procesos sobre la identidad social estudiados en SAID (cap. 1).
Desde una perspectiva evolucionista, estos resultados confirman la expectativa de que el propio interés étnico es ciertamente importante en los asuntos humanos y que, naturalmente, lo étnico es una fuente común de identidad grupal en el mundo contemporáneo. La gente parece estar consciente de la membresía grupal y tiene una tendencia general a devaluar y competir con grupos ajenos. Los individuos están, a la vez, bien conscientes de su relativa estancia grupal en términos de control de recursos y éxito reproductivo. También están dispuestos a tomar medidas extraordinarias para lograr y retener poder económico y político en defensa de estos imperativos del grupo.
Dada la suposición del separatismo étnico es instructivo pensar sobre circunstancias que, desde la perspectiva evolucionista, minimizan conflictos entre grupos. Teóricos del pluralismo cultural como Horace Kallen (1924) imaginan un mundo donde los diferentes grupos étnicos mantienen su identidad distintiva en un contexto de entera igualdad política y oportunidad económica. Desde una perspectiva evolucionista (o incluso desde el sentido común), la dificultad con este escenario es que no se explica qué resultaría de la competencia por los recursos y del éxito reproductivo en la sociedad. Por cierto, los resultados de los conflictos étnicos eran aparentes en tiempos de Kallen, aunque “Kallen apartó la mirada del conflicto que giraba a su alrededor, a fin de idear un ideal donde la diversidad y la armonía coexistieran” (Higham 1984, 209).
En las mejores circunstancias uno podría imaginar que grupos étnicos separados se involucrarían en una absoluta reciprocidad uno con el otro, de manera que no habría diferencias en términos de explotación económica de un grupo sobre el otro.
Lo que es más, no habría diferencias o ninguna medida de éxito en la sociedad, incluyendo membresía a clases sociales, roles económicos (p. ej., productor versus consumidor; acreedor versus deudor; jefe versus obrero) o fertilidad entre los grupos étnicos separados. Todos los grupos tendrían aproximadamente los mismos números e igual poder político; o si hubiera suficientes números, existirían suministros para asegurar que las minorías retendrían la misma proporción equitativa en términos de los marcadores sociales y del éxito reproductivo. Tales condiciones minimizarían la hostilidad entre los grupos porque atribuir el propio estatus a las acciones de otros grupos sería difícil.
Dada la existencia del separatismo étnico, sin embargo, es interés de cada grupo promover sus intereses a costa de otros. Si todo fuera igual, un grupo étnico dado estaría mejor si asegurara de que los otros tuvieran menos recursos, un estatus social más bajo, una tasa de fertilidad menor y proporcionalmente menos poder político que el propio. El hipotético estado de igualdad implica, por lo tanto, relaciones de poder establecidas en donde cada lado estuviera constantemente verificando si el otro está o no engañando; cada lado constantemente buscaría maneras de, en la medida de lo posible, tomar ventaja; cada lado estaría dispuesto a negociar sólo por temor a las represalias, o a cooperar sólo si se le fuerza a hacerlo (por ejemplo, bajo la presencia de una amenaza externa). Claramente, no podría esperarse cooperación alguna que involucrara un verdadero altruismo hacia el otro grupo.
Así, la situación ideal de absoluta igualdad en el control de recursos y en el éxito reproductivo requeriría ciertamente de una gran cantidad de vigilancia, e indudablemente estaría caracterizado por una gran cantidad de sospechas mutuas.
En el mundo real, sin embargo, incluso esta triste idea sería altamente improbable de llevar a cabo. Los grupos étnicos difieren en talentos y habilidades; difieren en números, fertilidad y en cuanto a cómo alientan a los padres a prácticas conducentes a adquisición de recursos; también difieren en los recursos mantenidos en un momento dado, así como en el poder político. La igualdad, o la igualdad proporcional, sería extremadamente difícil de obtener o mantener después de que se hubiera logrado sin extraordinarios niveles de supervisión, y sin extremadamente intensos controles sociales para cumplir las cuotas étnicas en la acumulación de riqueza, admisión a las universidades, acceso a empleos de alto estatus, etcétera.
Debido a que los grupos étnicos tienen diferentes talentos y habilidades y diversas formas de puericultura, los variables criterios para obtener y mantener un empleo requerirían de que éste dependiera de la membresía a un grupo en particular. Lo que es más, obtener paridad entre judíos y otros grupos étnicos entrañaría altos niveles de discriminación en contra de judíos individuales, sea en universidades o en acceso a empleos, e incluso conllevaría a cobrar altos impuestos a los judíos para contrarrestar sus riquezas, en tanto que los judíos se encuentran ampliamente sobrerrepresentados entre los ricos y los exitosos en Estados Unidos.
Ese sería el caso si los judíos fueran distinguidos como un grupo étnico separado de los gentiles americanos. Por cierto, la evolución final de muchos intelectuales neoyorquinos desde su etapa estalinista ha sido metamorfosearse en neoconservadores: quienes han sido elocuentes oponentes a la acción afirmativa y a los mecanismos de cuotas para la distribución de recursos. (Sachar [1992, 818ss] menciona que Daniel Bell, Sidney Hook,Irving Howe, Irving Kristol, Nathan Glazer, Charles Krauthammer, Norman Podhoretz y Earl Raab se opusieron a la acción afirmativa.) Las organizaciones judías incluyendo a la ADL, el Comité AJC y el Congreso AJC [por sus siglas en inglés] han llegado a posiciones similares (Sachar 1992, 818ss).
En el mundo real, por lo tanto, esfuerzos extraordinarios tendrían que tomarse para lograr ese estado de equilibrio étnico estable entre poderes y recursos. Es interesante que la ideología de la coexistencia judeo-gentil haya incluido a veces la idea de que los diversos grupos étnicos desarrollen un similar perfil ocupacional y que, implícitamente, controlen recursos en proporción a sus números. En la Francia medieval, por ejemplo, los decretos de Luis IX de 1254 prohibieron a los judíos involucrarse en préstamos e intereses y se les alentó a vivir de labor manual o comercio (véase Richard 1992, 162). El sueño asimilacionista alemán del siglo XIX era que el perfil ocupacional de los judíos después de la emancipación reflejaría el de los gentiles: una “expectativa utópica compartida tanto por muchos judíos como no judíos” (Katz 1986, 67). Se hicieron esfuerzos para que disminuyera el porcentaje de judíos involucrados en el comercio y se incrementase en la agricultura y artesanía. Sin embargo, el resultado de la emancipación fue que los judíos quedaron ampliamente sobrerrepresentados entre la elite económica y cultural, y esa sobrerrepresentación fue una característica crítica en el antisemitismo de 1870 a 1933 (véase SAID, cap. 5).
Similarmente, en los años veinte, cuando los Estados Unidos intentaban enfrentarse a la competencia judía en las prestigiosas universidades privadas, se propusieron planes en que cada grupo étnico recibiera un porcentaje de asignaciones y registros en Harvard que reflejaran el porcentaje de los grupos raciales y nacionales del país (Sachar 1992, 329). Políticas similares—generalmente denunciadas por las organizaciones judías—se desarrollaron en el mismo período a lo largo de Europa Central (Hagen 1996). Tales políticas ciertamente reflejan la importancia de la etnicidad en los asuntos humanos, aunque los niveles de tensión social tendieran a ser crónicamente altos.
Lo que es más, existen grandes posibilidades de guerras raciales incluso cuando la paridad se ha logrado a través de intensos controles sociales. Como se señaló arriba, siempre está en los intereses de un grupo étnico obtener hegemonía sobre otros. Si uno adopta el modelo del pluralismo cultural con todo y su libre competencia por los recursos y éxito reproductivo, las diferencias entre estos grupos es inevitable, y desde la perspectiva evolucionista existe una fuerte predilección a que tales diferencias resulten en animosidad entre los grupos perdedores.
Después de la emancipación judía se dio una poderosa tendencia hacia la movilidad ascendente de los judíos en Occidente, incluyendo una gran sobrerrepresentación en las profesiones así como en los negocios, la política y la cultura.
Concomitantemente hubo brotes de antisemitismo que se originaron entre los grupos que se sintieron dejados atrás en la competencia por los recursos, o que sintieron que la cultura así creada no satisfacía sus intereses. Si la historia del judaísmo nos dice algo, es que la autoimpuesta separación étnica tiende a la competencia de recursos en base a la membresía del grupo, y a los consecuentes odios, expulsiones y persecuciones. Suponiendo que las diferencias étnicas en talentos y habilidades existan, la suposición de que el separatismo étnico podría volverse estable sin animosidad requiere de un equilibrio del poder mantenido con intensos controles sociales, tal como se describe arriba, a menos que a algunos grupos no les importe que están perdiendo la competencia.
Considero esta última posibilidad como improbable a largo plazo. Que a un grupo étnico no le importara su propio eclipse y dominio es algo que ciertamente un evolucionista no espera, así como tampoco lo espera quien aboga por la justicia social, sea cual sea su ideología.
Sin embargo, este es, de hecho, la moralidad implícita en la crítica de varios historiadores sobre la conducta de los españoles hacia los judíos y los marranos en tiempos de la Inquisición y la expulsión de ambos; por ejemplo, en los escritos de Benzion Netanyahu (1995), quien a veces parece abiertamente despreciativo de la inhabilidad española de competir con los nuevos cristianos sin recurrir a violencias inquisitoriales. Desde esta perspectiva, los españoles debieron haber aceptado tanto su inferioridad como ser dominados económica, social y políticamente por otro grupo étnico. Es difícil que semejante “moralidad” apele al grupo que está perdiendo la competencia, cosa que no nos sorprende desde una perspectiva evolucionista. Goldwin Smith (1894/1972, 261) dijo algo similar hace un siglo:
Una comunidad tiene derecho a defender su territorio y su integridad nacional en contra del invasor, sea su arma la espada o la ejecución. En los territorios de las repúblicas italianas, los judíos, hasta donde podemos ver, compraron las tierras y se dedicaron a granjear como quisieron. Pero antes se habían dedicado del todo al comercio. Durante la caída del imperio eran los mayores traficantes de esclavos, comprando cautivos a los invasores bárbaros y probablemente actuando, al mismo tiempo, como lo hacen los corredores de bolsa con los despojos. Entraron a Inglaterra en el tren del conquistador normando. Indudablemente, hubo una lucha perpetua entre sus oficios y la fuerza bruta de las poblaciones feudales. Pero ¿qué moral prerrogativa tienen los oficios sobre la fuerza?
Arnold White les dice a los rusos que, si dejaran que la inteligencia judía tuviera rienda suelta, pronto cubrirían todos los altos puestos de poder en exclusión a los nativos, que ahora los tienen. Los filósofos les piden a los rusos que se acaten y que incluso se regocijen de tal situación: filósofos a quienes probablemente no les entusiasmaría la copa si se la encomendaran a sus labios.
La ley de la evolución, se dice, prescribe la sobrevivencia del más fuerte, a lo que el rústico ruso puede responder que si su fuerza le gana a la inteligencia del judío, entonces el mejor adaptado sobrevivirá y la ley quedará cumplida. Fue la fuerza más que la inteligencia lo que, en el campo Zama, decidió que fuera el latino, no el semita, quien gobernara el mundo antiguo y moldeara el mundo moderno.
Irónicamente, muchos intelectuales que rechazaron en su totalidad el pensamiento evolucionista, así como cualquier imputación de que el interés genético pudiera ser importante en los asuntos humanos, también favorecieron políticas que son, a fin de cuentas, etnocéntricas. Condenaron los intereses etnocéntricos de otros grupos: especialmente los que indicaban que la gente derivada de Europa en los Estados Unidos desarrollaba una estrategia grupal cohesiva, así como altos niveles de etnocentrismo como reacción a los intereses de otros grupos. La ideología del separatismo étnico del grupo minoritario y la legitimación implícita de la competencia de grupos por los recursos, así como la idea más moderna de que la membresía al grupo étnico debe ser un criterio de adquisición de recursos, debe verse como lo que es: anteproyectos de estrategias evolutivas de grupo. La historia de los judíos ha de verse, pues, como un comentario más bien trágico del resultado de tales estrategias de grupo.
La importancia de la competencia en base a grupos no puede exagerarse. Creo que es altamente improbable que las sociedades occidentales basadas en el individualismo y en la democracia puedan sobrevivir mucho al sistema que legitimiza la competencia entre grupos impermeables donde la membresía grupal se determina por la etnia. La discusión en SAID