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Muchos escritores han enfatizado la judeidad de Marx y han encontrado elementos judíos (p. ej, el mesianismo, la justicia social) en sus escritos. Un tema en los escritos antisemitas (entre los más notables, quizá los escritos de Hitler) fue proponer que Marx había tenido una agenda específicamente judía al propugnar una sociedad mundial dominada por judíos en donde el nacionalismo gentil, la conciencia étnica de los gentiles y las elites tradicionales serían eliminadas (véase Carlebach 1978, 318ss).

72. Asimismo, Levin (1988, 280) señala que algunos activistas de la yevsektsiya claramente se veían a sí mismos promoviendo al nacionalismo judío como compatible con la existencia de la Unión Soviética. “Podría decirse que la yevsektsiya prolongó la actividad judía y ciertos niveles de conciencia judía debido a sus esfuerzos de sacar un nuevo concepto de una judería muy maltratada y traumatizada a través de un costo incalculable”.

73. Una encuesta secreta publicada en 1981 (New York Times, feb. 20) sobre un banco de datos de 1977 indicó que el 78 por ciento de los judíos soviéticos decían que tenían “aversión de que un pariente cercano se casara con un no judío”, y el 85 por ciento “quería que sus hijos o nietos aprendieran yidis o hebreo.” Otros resultados indican un fuerte y continuo deseo de una cultura judía en la Unión Soviética: 86 por ciento de los judíos querían que sus hijos fueran a escuelas judías, y el 82 por ciento propugnaron establecer un periódico en ruso para judíos.

74. Debe señalarse que en 1903 Trotsky declaró en una conferencia del Partido Laboral Ruso Socialdemócrata (la mayor organización unificadora para el socialismo ruso de ese tiempo) que él y otros representantes judíos “nos consideramos representantes del proletariado judío” (en Frankel 1981, 242). Esto sugiere que tanto él alteró su identidad personal o que su comportamiento posterior fue motivado por preocupaciones para evitar el antisemitismo. Trotsky también fue parte del nexo étnico entre el sicoanálisis y el bolchevismo en la Unión Soviética, así como un ardiente entusiasta del sicoanálisis; el cual, como se señaló en el capítulo 4, debe ser considerado un movimiento intelectual judío.

El punto más alto de la asociación entre el marxismo y el sicoanálisis se dio en los años veinte en la Unión Soviética, donde los analistas encumbrados eran bolcheviques partidarios de Trotsky, y se encontraban entre las figuras políticas más poderosas del país (véase Chamberlain 1995). En un trabajo que aún es considerado antisemita por las organizaciones judías (véase nota 22), Igor Shafarevich (1989) señala que Trotsky tenía un director adjunto judío al cual los escritores judíos idolatraban. Cita una biografía de Trotsky en que dice: “Incluso parece que a su modo estaba ‘obsesionado’ con la cuestión judía: escribió sobre ello casi más que cualquier otro revolucionario”.

Shafarevich también describe otros casos de comunistas e izquierdistas judíos que tenían tendencias muy pronunciadas hacia el nacionalismo judío. Por ejemplo, Charles Rappoport, quien sería líder del Partido Comunista Francés, es citado diciendo que “El pueblo judío [es] portador de todas las grandes ideas de unión y comunidad humana en la historia… La desaparición del pueblo judío significaría la muerte de la humanidad, la transformación final del hombre en bestia salvaje” (pág. 34).

75. Comentarios similares continúan como tema en los escritos sobre los judíos en los Estados Unidos contemporáneos. Joseph Sobran (1995, 5) describe a judíos que mantienen fronteras furtivas y tratan falsamente con los gentiles. Raymond Chandler una vez observó que los judíos quieren ser judíos entre ellos pero que resienten ser vistos como tales por los gentiles. Quieren proseguir sus propios intereses y al mismo tiempo pretender que no tienen tales intereses, usando la acusación de “antisemitismo” como espada y como escudo. Como lo dijo Chandler, son como un hombre que rehúsa dar su verdadero nombre y dirección pero insiste que lo inviten a las mejores fiestas. Infortunadamente, es este tipo de judío el que ejerce el mayor poder y tuerce las reglas para los gentiles.

76. Considérese el siguiente comentario acerca de Heinrich Heine, quien fue bautizado pero que mantuvo una fuerte identidad judía: “Cada vez que los judíos eran amenazados—sea en Hamburgo durante los disturbios Hep-Hep, o en Damasco en tiempos de acusaciones de asesinatos rituales—Heine de inmediato sintió la necesidad de solidarizarse con su gente” (Prawer 1983, 762).

77. Los cambios culturales incluyeron la supresión de la ciencia en pro de intereses políticos y la canonización de los trabajos de Lysenko y Pavlov. Si bien el trabajo de Pavlov sigue siendo interesante, a un evolucionista le impresiona la elevación del lysenkoismo a nivel de dogma. El lysenkoismo estaba inspirado políticamente en el lamarckianismo, el cual era útil al comunismo por la implicación de que la gente podía ser biológicamente modificada al cambiar el medio ambiente. Como se indica en el capítulo 2 (véase la nota 1), los intelectuales judíos estuvieron fuertemente apegados al lamarckianismo debido a su utilidad política.

78. Los camaradas “probados” constituyeron una comunidad clandestina en la Polonia anterior a la guerra. Cuando llegaron al poder se aliaron con otros judíos que no habían sido comunistas antes de la guerra.

79. Asimismo, en Inglaterra la efímera Unión Socialista Hebrea fue establecida en 1876 como una asociación específicamente judía. Alderman (1992, 171) comenta que esta sociedad “puso en alto relieve el problema que iban a enfrentar los subsecuentes órganos socialistas judíos y sindicatos: si su trabajo era simplemente actuar como canal a través del cual los trabajadores judíos pudieran entrar a los movimientos de trabajadores ingleses—la anglicanización del proletariado anglojudío—o si había una forma específicamente judía (y anglojudía) de organización laboral y de una filosofía socialista que demandara una articulación separada y autónoma”. Eventualmente, el sindicato comercial judío se estableció, y en casos donde los judíos se habían hecho socios antes de los sindicatos existentes, formaron subgrupos específicamente judíos dentro de los mismos.

80. La siguiente discusión está basada en Liebman (1979, 492ss).

81. Un buen ejemplo es Joe Rapoport, un judío americano radical cuya autobiografía (Kann 1981) muestra la tendencia de los judíos americanos radicales de percibir a la Unión Soviética casi exclusivamente en términos de si era bueno para los judíos. Rapoport tenía una identidad judía muy fuerte y apoyaba a la Unión Soviética porque creía que era, a fin de cuentas, buena para los judíos. En su viaje a Ucrania a inicios de los años treinta enfatizó el entusiasmo judío por el régimen pero no por la muerte de hambre del campesinado ucraniano. Posteriormente mostró gran ambivalencia y resintió haber apoyado las acciones soviéticas que no iban con los intereses judíos. Asimismo, los guionistas judíos del Partido Comunista de Hollywood mantenían una fuerte identidad judía y, al menos en privado, estaban mucho más preocupados por el antisemitismo que por asuntos entre las clases sociales (Gabler 1988, 338).

82. El hombre de negocios estadounidense Armand Hammer tuvo vínculos muy estrechos con la Unión Soviética y sirvió como mensajero al traer dinero de la URSS a Estados Unidos en apoyo al espionaje. Hammer es ilustrativo de las complejidades en la identificación judía con el comunismo y los simpatizantes del comunismo. La mayor parte de su vida negó su pasado judío. Cerca de su muerte volvió al judaísmo y planeó un elaborado bar mitzvah (Epstein 1996). ¿Hemos de tomar en serio sus superficiales negaciones de su herencia judía en tiempos en que lo hacía (Hammer también se retrataba a sí mismo como un unitario al tratar con musulmanes)? O fue toda su vida un criptojudío hasta que, al final, abrazó al judaísmo?

83. Como nota de cuando era un estudiante de filosofía graduado en la Universidad de Wisconsin en los años sesenta, la sobrerrepresentación de judíos en la nueva izquierda, especialmente durante las primeras etapas de protesta contra la guerra de Vietnam, fue algo demasiado obvio para todos; tanto así que, durante una “huelga de enseñanza” contra la guerra fui reclutado para dar una plática en donde tenía que explicar cómo un ex católico de un pequeño poblado de Wisconsin se convirtió a la causa. Los orígenes geográficos (la costa Este) y familiares (judíos) de la inmensa mayoría del movimiento fue, aparentemente, motivo de preocupación.

Se ha observado la práctica de tener voceros gentiles en movimientos dominados por judíos en varias secciones de este libro. Ésta es, asimismo, una táctica común en contra del antisemitismo (SAID, cap. 6). Rothman y Lichter (1982, 81) citan a otro observador de la nueva izquierda en la Universidad de Wisconsin: “Me impresiona la falta de gente que haya nacido en Wisconsin y la preponderancia masiva de judíos neoyorquinos. La situación de la Universidad de Minnesota es similar.” Su corresponsal respondió: “Tal y como lo ves, la izquierda de Madison está constituida por los judíos de Nueva York”.

Mi experiencia personal en Wisconsin durante los años sesenta fue la del movimiento estudiantil de protesta; originado y dominado por judíos, muchos de los cuales eran, como se les llamaba, “bebés de pañales rojos” cuyos padres habían sido radicales. La atmósfera intelectual del movimiento se parecía bastante a la atmósfera del movimiento comunista polaco descrito por Schatz (1991, 117): intensas discusiones pilpul donde la propia reputación como izquierdista dependía de la habilidad de análisis marxista, y a estar familiarizado con el saber intelectual del marxismo: ambos de los cuales requieren grandes cantidades de estudio.

También hubo mucha hostilidad hacia las instituciones culturales de Occidente, como si éste fuera política y sexualmente opresivo, combinado con un omnipresente sentido de peligro y destrucción inminente por las fuerzas de la represión: una mentalidad bunker sobre el propio grupo; la cual, creo, es una característica fundamental de las formas sociales judías. Había una actitud de superioridad moral e intelectual; incluso había desprecio hacia la cultura americana tradicional, particularmente hacia la América rural y más aún la del Sur: actitudes que tienen toda la pinta de varios de los movimientos intelectuales que estudiamos aquí (p.ej., las actitudes de los comunistas judíopolacos hacia la cultura polaca tradicional; véanse también los caps. 5 y 6). También hubo un fuerte deseo de una sangrienta y apocalíptica venganza contra toda la estructura social, vista como habiendo victimando no sólo a los judíos sino a los gentiles por igual.

Estos estudiantes tenían actitudes muy positivas hacia el judaísmo a la vez que actitudes negativas hacia el cristianismo; aunque, y quizá esto sorprenda, en sus mentes el contraste más sobresaliente entre las dos religiones era lo relacionado a la sexualidad. En línea con gran parte de la influencia freudiana de ese período, la tendencia general era contrastar la putativa permisividad sexual del judaísmo con la represión y la gazmoñería del cristianismo, y este contraste se relacionó a los análisis del sicoanálisis que atribuían varias formas de psicopatología—e incluso el capitalismo, el racismo y otras formas de opresión política—a las actitudes cristianas sobre la sexualidad (véase caps. 4 y 5 para una amplia discusión del contexto de este tipo de análisis). La poderosa identificación judía con estos radicales que protestaban en contra de la guerra de Vietnam se contraponía con su intensa preocupación y eventual euforia alrededor de la Guerra de Seis Días de Israel en 1967.

También vale notar que en Wisconsin el movimiento estudiantil idolatraba a algunos profesores judíos, en especial al carismático historiador social Harvey Goldberg, cuyas conferencias que presentaban la visión marxista de la historia social europea cautivaban a una gran audiencia en la sala de conferencias más grande de la universidad; así como otros judíos de izquierda, incluyendo a León Trotsky, Rosa Luxemburgo y Herbert Marcuse (la tendencia de los movimientos intelectuales judíos de estar centrados alrededor de figuras judías altamente carismáticas es aparente en este capítulo y se resume como fenómeno general en el capítulo 6). Estos judíos solían adoptar una actitud de condescendencia hacia otro historiador bien conocido, George Mosse. La judeidad de Mosse era bastante conspicua para ellos, pero se le veía como insuficientemente radical.

84. Paul Gottfried (1996, 9-10), un judío conservador, tiene esto que decir acerca de sus años escolares en el Yale de los años sesenta: “Ya licenciados, todos mis compañeros judíos en la escuela eran ruidosos anti-anti-comunistas. Se oponían al capitalismo imperialista, pero a la vez se mostraban entusiastas belicistas sobre la guerra árabe-israelí de 1967. Un marxista judío conocido mío se enfureció que los israelíes no reclamaran todo el Medio Oriente al final de la guerra. Otro, aunque feminista, se lamentaba que los soldados israelíes no violaran a más mujeres árabes. No sería exageración decir que mis días de licenciado resonaron con histeria judía en una institución donde los anglosajones protestantes parecían contar sólo como decorado”.

85. Véase también Arthur Liebman (1979, 5-11), Charles Liebman (1973, 140), y las críticas de Rothman y Lichter (1982, 112) a Fuchs.

86. El neoconservadurismo americano es específicamente un movimiento político judío, pero no es relevante al argumento de Pipes al aplicarlo a los bolcheviques porque sus proponentes poseen una abierta identidad judía y el movimiento está dirigido a lograr el cumplimiento de intereses judíos: por ejemplo respecto a Israel, la acción afirmativa y las políticas de inmigración.

87. La ortodoxia religiosa también era compatible con la atracción al anarquismo. Alderman (1983, 64) cita a un escritor contemporáneo a efecto de que “los anarquistas lograron tal popularidad que casi se volvió respetable. Un simpatizante podría colocarse sus filacterias en la mañana de una huelga auspiciada por anarquistas, bendecir a Rocker [un líder anarquista gentil], y todavía ir al servicio ortodoxo judío en la tarde”.